Hay momentos en los que un país descubre que las bondades de la infraestructura van más allá de la construcción en sí misma. Una carretera destruida puede aislar una población, un puente caído interrumpir el comercio y una red eléctrica fuera de servicio paralizar una ciudad. Pero hay otras redes que tampoco pueden detenerse, las que permiten retirar dinero, recibir una transferencia, pagar una compra, mantener abierto un negocio o disponer de los ahorros de toda una vida. El terremoto del pasado 10 de agosto nos recordó, de la manera más dolorosa, que el sistema financiero también hace parte de esa infraestructura esencial.